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La literatura en materia de seguros

Dicen que el primer seguro del que se tiene constancia, lo hicieron unos chinos que transportaban mercancía en canoa bajando un río (la típica coliente de agua de los chistes). Bajaban pongamos por caso veinte canoas, pero sólo llegaban quince. Lo que hacían estos primeros aseguradores vamos a llamarles así, era poner en común tanto la carga como los beneficios, y se repartían entre los propietarios de las veinte canoas, los beneficios de las quince que llegaban salvas a su destino. Era un seguro mutuo muy rudimentario, pero es lo que había en su época. Estamos hablando de varios siglos antes de Cristo.

A partir de ahí, se cuentan por cientos de miles los libros que se han publicado sobre seguros, desde este primer ejemplo de lo que podría considerarse un seguro, hasta la discutida definición de cuando nos encontramos con un seguro por la aleatoriedad del riesgo, y no ante un contrato de servicios o de mantenimiento, pasando por la picaresca de las personas que indebidamente pretenden o buscan ser indemnizados en los supuestos que no son objeto de cobertura, o directamente inventados. Caben destacar los libros de seguros como los que se citan en Signo en los fraudes.

Para mi, el seguro es simplemente la caridad mercantilmente organizada, donde entre todos ponemos un dinero (la prima), para indemnizar a quienes sufren un percance cuyo riesgo es objeto de cobertura (el siniestro), y lógicamente si cada vez hay más siniestros, la prima ha de subir para que al asegurador le siga resultando rentable el mantener el negocio, que básicamente consiste en cobrar a unos para indemnizar a los otros, y a esta indemnización hay que añadir sus gastos de personal o de gestión, más un porcentaje en forma de beneficio empresarial, con el que pagar un rendimiento anual a los accionistas.

Un negocio, vamos.